lunes, 26 de mayo de 2014

La tortuga


Desde que era pequeño, de 1 año de edad, cada año voy con mis papás a acampar a la playa. Vamos cada año, una, dos y hasta tres ocasiones. Siempre cuando llegamos, mi papá comienza a instalar el campamento, mi mamá y yo, vamos a nadar. Cuando el campamento ya está instalado, mi papá toma un descanso y también va a nadar con nosotros.
En las mañanas, siempre salimos muy temprano a caminar por la playa. A veces recolectamos conchas y dólares de arena, y también trozos de madera o alguna rama de árbol que el río arrastró hasta su desembocadura al mar, porque la última noche que estamos, hacemos una fogata y ponemos bombones a asar.
Luego regresamos al campamento a desayunar y estar listos para todo un día de diversión y juego y nadar y muchas cosas divertidas y entretenidas.
Por las tardes, después de comer, jugamos juegos de mesa, vemos películas, y en ocasiones volamos cometas; mis últimos dos cometas se perdieron, porque se reventó el hilo y mi papá los dejó ir. Después vamos a la playa, nadamos en el mar. Siempre nos hace falta tiempo para disfrutar y jugar.
Casi siempre invitamos a alguien a ir de campamento a la playa con nosotros, pero ese viaje, hace 4 o 5 años, no lo recuerdo muy bien, era un viaje especial porque mis abuelos iban con nosotros. Era la primera y tal vez la única ocasión en que iban con nosotros.
Aquel día, lunes tal vez, nos levantamos temprano, como siempre, para ir a caminar a la playa. Mi papá fue el que la vio. Era una tortuguita, pequeñita, yo creo que recién había salido de su huevo. Estaba muy alejada del mar. Mi primer impulso fue ayudarla, tal vez cargarla y acercarla a la orilla del mar. Pero todos me dijeron que no, que la dejara a ella sola llegar al mar. Que tenía que esforzarse. Que era una prueba de vida que tenía que cumplir. Que si yo le ayudaba, no se iba a fortalecer y tal vez moriría.
Ahí nos quedamos todos a verla como intentaba llegar a la orilla del mar. La tortuguita; mi tortuguita, hacía muchos esfuerzos por llegar. Sin tocarla, trataba de hacerle un caminito más o menos plano para que llegara al mar. Veía como sufría para avanzar. Parecía que se cansaba y volvía a caminar. Veía como su carita estaba llena de arena. Pero mi tortuguita seguía y seguía. Yo sabía que si iba a llegar. Cuando una ola la alcanzó, me pareció que volteaba a verme, como despidiéndose de mí.
Seguimos caminando por la playa como siempre, para regresar al campamento, para desayunar, para seguir con nuestras vacaciones.
Pasaron dos años. Y volvimos a ir a nuestro campamento de siempre, y como todos los días en la mañana, salimos a caminar a la playa. Ese día caminamos hacia la izquierda, por donde en la noche se ven unas luces. Caminamos un buen rato. Mi mamá dijo que ya teníamos que regresarnos para desayunar. Dimos la vuelta y regresamos.
Y de pronto fue cuando la vi. Estaba en la playa. Ya había crecido. Estaba más o menos del tamaño de la mano de mi papá. No podía creer que era mi tortuga. Me dio mucha emoción.
Mi tortuga me vio. Pude reconocerla. Movió su cabecita y esperó la llegada de una ola y se fue. Regresó a despedirse de mí. Todos la vimos. Mi papá me dijo que si era mi tortuga.
Y desde ese día, cuando vamos a acampar a la playa. Busco a mi tortuga. Seguro que ya creció más. Ya debe ser grande. Todos crecemos.
 

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